miércoles 16 de diciembre de 2009

LA MAESTRA Y EL SAMARITANO.


Ella fue mi maestra de Pintura desde los nueve años, me enseñó los conceptos básicos del Arte: la composición, el equilibrio, la armonía de colores, la rosa cromática, el recorrido visual, el peso de los volúmenes, etc. ¡Y con cuánto amor y paciencia! Casi todo lo que sé respecto a este hermoso Arte, lo aprendí de Violeta Vidal Vidal. Guardo en mi memoria aquellas tardes de sábado en que, citado por ella a su casa, me hacía dibujar, pintar, corregía mis trazos, me enseñaba acerca de los distintos tipos de línea, en fin me transmitía todo su conocimiento adquirido en la Escuela de Artes y Oficios de Santiago de Chile. Lo hacía con generosidad y absoluto desinterés, sólo movida por el amor de una auténtica maestra que desea plasmar en el alma de su discípulo los principios de un Arte noble.

Han pasado los años, las exposiciones, las críticas, los éxitos y los fracasos, las ausencias y los reencuentros. Hoy, una vez más la he visitado al hogar de ancianos donde crueles circunstancias la han destinado. Ella añora las aulas, la conversación docta, el libro interesante que en ese ambiente de indiferencia y mediocridad no puede encontrar. Pasamos un poco más de media hora juntos con el mismo entusiasmo de ayer. Para mi sigue siendo la Maestra. Le he llevado un manojo de postales de pinturas y ciudades, para ver y comentar; charlamos sobre la actualidad política "porque aquí no se nada del mundo"; le mostré una novela rusa y ávida leyó varias páginas, quiso quedársela "Pero es muy trágica -le dije- se va a deprimir" Le entregué varios hermosos tratados de Cruzada A Cada Hogar, "con esto se animará"... Me comentó sobre las ideas que surgen en su mente cuando lee "algo interesante, como esto."

La abracé con un beso, le dejé un regalo cuyo contenido le será exquisito al paladar y me despedí con la promesa de volverla a visitar pronto. El mensaje de Jesucristo quedó en sus manos. No fue una mujer de fe, más bien desconfiada de la religión, pero los golpes de la vida y la cercanía de la muerte la han vuelto más abierta a la posibilidad de creer.

Al regresar y caminar frente a uno de sus paisajes más amados, el Club de Yates, las blancas embarcaciones, las aguas oscuras y verdosas reventando en espumosas olas sobre las rocas, estremecieron mi alma de discípulo y samaritano.