
Diez leprosos son limpiados
11 Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. 12 Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos 13 y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! 14 Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. 15 Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, 16 y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. 17 Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? 18 ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? 19 Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
En cierto modo todos los cristianos caminamos hacia Jerusalén, símbolo de la morada de Dios. Un día esperamos habitar en la Jerusalén celestial. En tanto sólo marchamos hacia esa tierra de promisión. Samaria simboliza aquel mundo o colectivo de personas que, si bien es cierto creen en Dios, tienen una mezcla de creencias y supersticiones que nuestros escrúpulos religiosos no toleran. Galilea es nuestro hábitat espiritual ¡allí, entre “los santos”, si que nos sentimos a gusto!
11 Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. 12 Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos 13 y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! 14 Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. 15 Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, 16 y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. 17 Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? 18 ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? 19 Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
En cierto modo todos los cristianos caminamos hacia Jerusalén, símbolo de la morada de Dios. Un día esperamos habitar en la Jerusalén celestial. En tanto sólo marchamos hacia esa tierra de promisión. Samaria simboliza aquel mundo o colectivo de personas que, si bien es cierto creen en Dios, tienen una mezcla de creencias y supersticiones que nuestros escrúpulos religiosos no toleran. Galilea es nuestro hábitat espiritual ¡allí, entre “los santos”, si que nos sentimos a gusto!
Narra este Evangelio que, cuando Jesús pasaba entre Samaria y Galilea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos. Como al Señor, también saldrán muchas veces a nosotros, gente enferma del cuerpo y del alma que requerirán de nuestro auxilio. Estos pobres hombres se pararon de lejos porque la ley les prohibía acercarse a los que estaban limpios. Del mismo modo hoy día hay gente que, conociendo su condición espiritual, no se acerca a una iglesia o a los cristianos porque tiene miedo de ser acusada, condenada, tratada como un demonio. No hay ley que prohíba al pecador acudir a un templo cristiano, pero nos hemos vuelto tan legalistas que hoy muchas personas nos temen.
Los leprosos gritaron: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Jesucristo los envió directamente a mostrarse a los sacerdotes para cumplir con el rito estipulado en el Antiguo Testamento, ser examinada la piel del leproso. Ellos fueron prestamente y en el camino se operó el maravilloso milagro. ¿No tendríamos que hacer nosotros lo mismo con el pecador? No intentar limpiarlo con nuestras críticas, retos y prédicas condenatorias, sino enviarlos al Sumo Sacerdote Jesucristo que lavará todos sus pecados con la sangre de la expiación. Siempre el Señor procedió del mismo modo. Al hombre ciego lo mandó lavar sus ojos en el estanque de Siloé, el Enviado, es decir Él mismo. Sólo Jesucristo puede lavar y limpiar completamente al hombre.
Uno de los diez hombres sanados de la lepra interrumpió el viaje y “volvió, glorificando a Dios a gran voz, / y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias”. No estamos aquí frente a una parábola inventada por Jesús sino ante un hecho real en Su biografía. Queda claro que sólo uno de los que fueron limpiados de su inmundicia tuvo gratitud y que éste era samaritano. Los otros nueve de seguro que eran hombres creyentes, tal vez amargados por su condición de salud, pero conocedores de las verdades hebreas; en cambio éste pertenecía a un pueblo semi pagano, que había seguido a su propio modo la Ley de Dios. Al ser sanado por el Maestro judío, no sólo fue limpiado su cuerpo de esa terrible enfermedad sino que también fue limpiada su alma al descubrir que su Sanador era el Mesías.
Los nueve fueron limpiados sólo externamente, pero la lepra permaneció en sus corazones. Un convertido es alguien que ha sido salvado de una condición deplorable, se siente libertado y limpio, está feliz y su corazón no le manda otra cosa que dar gloria a Dios. Jesús preguntó: “¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?” Nosotros éramos extranjeros del Reino de Dios, extraños a la Iglesia, hasta el día en que nuestra lepra fue quitada. Desde ese día no cesamos de alabar a Dios que tanto nos amó. En este sentido sí que somos “samaritanos”.
Jesús le dijo “Levántate, vete; tu fe te ha salvado” porque se podía reconocer la verdadera fe en aquél que demostraba gratitud hacia Dios y Su Sanador. Sólo los que han sido lavados con la sangre de Jesús son capaces de reconocer y agradecer a Dios tan sublime favor: la salvación eterna de sus almas. Seamos como el samaritano, siempre agradecidos del regalo de Dios.
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